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Descubre más historias y secretos del mundo del café. Nos encantaría acompañarte en esta aventura sensorial por los diferentes aspectos de nuestro tesoro favorito.

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¡Hola, familia cafetera! ¿Cómo va esa aventura por el mundo del oro negro? ✨

Hoy me apetece ponerme un poco nostálgica y llevaros de viaje conmigo. Pero no a un viaje cualquiera, no. Nos vamos a la tierra donde el café es casi una religión, donde el aroma a grano tostado te saluda en cada esquina: ¡Colombia!

Hace ya un tiempo, con la excusa de que "tenía que investigar para el blog" (guiño, guiño), me planté en el Eje Cafetero. Y os juro que, desde que bajé del autobús, supe que aquello iba a ser algo más que un simple tour. Fue una inmersión total, de esas que te cambian la perspectiva y te hacen apreciar cada sorbo de tu taza mañanera.

El aterrizaje en el paraíso (y la primera risa tonta)

Llegué a Salento, un pueblito de esos que parecen sacados de una postal, con sus casitas de colores y sus balcones llenos de flores. Lo primero que hice, obviamente, fue buscar un café. Y no uno cualquiera, quería el café. Entré en una cafetería diminuta, de esas con olor a madera vieja y a tostado fresco, y pedí un tinto (así le llaman allí al café solo, para que no os pillen por sorpresa). El barista, un señor con bigote amable y mirada pícara, me miró, sonrió y me dijo: "Ah, ¿así que vienes a aprender del bueno, eh, parcera?". Y yo, con mi cara de turista despistada, solo pude asentir mientras pensaba: "Pues sí, señor, a eso vengo, y a beberme todo el café que quepa en mi cuerpo".

Al día siguiente, con la panza llena de arepas y el espíritu aventurero a tope, me dirigí a una de las fincas cafeteras más recomendadas. El camino era un espectáculo de verdes infinitos, palmas de cera (¡altísimas, como rascacielos naturales!) y ese aire puro que te hace sentir vivo.

El recibimiento y el primer "error de novato"

Cuando llegué a la finca, me recibió Don Ricardo, el dueño. Un hombre con las manos curtidas por el sol y el trabajo, pero con una sonrisa que te contagiaba paz. Hablaba con esa cadencia pausada y musical del Eje Cafetero, y me explicó que el tour no era solo ver, sino "sentir" el café. Y yo, que me las daba de saberlo todo, ya estaba lista para mi masterclass.

Lo primero que hicimos fue adentrarnos en los cafetales. Los arbustos, cargados de cerezas de café (algunas verdes, otras rojas intensas), eran un cuadro. Don Ricardo me explicó que la recolección es un arte, que solo se cogen las cerezas maduras. Y ahí va mi primera metedura de pata: intenté coger una con una delicadeza que rozaba lo ridículo. Don Ricardo me vio, soltó una carcajada y me dijo: "¡No te preocupes, parcera, que esto no es una operación a corazón abierto! Con cariño, pero con decisión". Y me enseñó a cogerlas con un giro suave, sin dañar la planta. Me sentí como una niña a la que le enseñan a atarse los cordones, ¡pero fue divertidísimo!

Del cafeto a la taza: La magia del proceso

Luego vino la parte de los procesos, y esto sí que me voló la cabeza.

  1. El despulpado: Vimos cómo las cerezas pasan por una máquina que les quita la pulpa. Y aquí Don Ricardo soltó otra de sus perlas: "Esto es como cuando le quitamos la cáscara a la fruta, pero con un poquito más de tecnología". Él, con su sabiduría campesina, simplificaba procesos complejos con una naturalidad pasmosa.
  2. La fermentación: Las semillas (que ya son los granos que conocemos) se dejan fermentar en tanques de agua. Y aquí es donde el café desarrolla sus sabores más complejos. Recuerdo que metí la mano en uno de esos tanques (bajo la supervisión de Don Ricardo, ¡tranquilos!) y el agua estaba pegajosa, casi dulce. Él me explicó que los tiempos de fermentación son cruciales y que cada finca tiene su "secreto de familia". ¡Me sentí como si estuviera en la Willy Wonka del café!
  3. El lavado y el secado: Después de la fermentación, los granos se lavan para quitarles cualquier resto y luego se extienden al sol en unas camas elevadas llamadas "camas africanas". Ver esos granos de café brillando bajo el sol colombiano, con la brisa suave moviéndolos, es una imagen que se me quedó grabada. Don Ricardo me contó que antes, cuando llovía de repente, tocaba salir corriendo a cubrir los granos como si fueran oro. "Aquí la naturaleza manda, parcera", me dijo con una sonrisa.
  4. El trillado y la selección: Una vez secos, los granos se "trillan" para quitarles la última capa de cáscara. Y luego viene la selección, que puede ser manual o con máquinas. Don Ricardo me puso a "seleccionar" granos, quitando los que tenían algún defecto. Duré cinco minutos antes de que me doliera la espalda y me dijeran que mejor me dedicara a lo mío, ¡que aquello era para ojos expertos! Me reí un montón de mi torpeza.

La tostión: El momento de la verdad

Pero, sin duda, la parte más emocionante fue la tostión. En la finca de Don Ricardo tenían un tostador pequeño, artesanal. Los granos verdes entran en esa máquina y, poco a poco, van cambiando de color, soltando su aroma y crujiendo con un sonido casi mágico. La temperatura, el tiempo... todo es un baile delicado.

Don Ricardo, con la vista fija en los granos, me explicaba las diferentes etapas. "Aquí es cuando se activa el alma del café", me dijo con un brillo especial en los ojos. Y yo, que soy una fanática del aroma a café recién tostado, estaba en el paraíso. La máquina soltaba un humo dulce y denso que impregnaba todo el ambiente. ¡Si pudiera embotellar ese olor, me haría millonaria!

La cata: El broche de oro (y la confirmación de mi ignorancia)

Para terminar el tour, nos sentamos en una mesita de madera, con vistas a un paisaje espectacular, y Don Ricardo nos preparó una cata. Nos sirvió varias tazas de café recién hecho, de diferentes tostiones. Nos explicó cómo olerlo, cómo sorberlo para que el aroma llegara a todos los rincones de la boca, cómo identificar las notas de sabor.

Yo, que creía que distinguía un café bueno de uno malo, me di cuenta de que no tenía ni idea. Don Ricardo identificaba notas de chocolate, de frutos rojos, de caramelo... y yo solo sentía "café". Pero fue una lección increíble. Recuerdo que al final, me dio una taza y me dijo: "Este es el café que te has ganado con tu curiosidad". Y era el café más delicioso que había probado en mi vida, no solo por el sabor, sino por toda la historia que llevaba detrás.

El regreso y la promesa

Volví de Colombia con el corazón lleno de verde, el alma empapada de aroma a café y la cabeza repleta de anécdotas y lecciones. Pero lo más importante es que volví con una apreciación renovada por cada taza que bebo. Entendí que el café no es solo una bebida, es el trabajo de muchas manos, es la tierra, es el sol, es la lluvia, es la sabiduría de generaciones.

Así que la próxima vez que te tomes tu taza, familia, pensad en Don Ricardo, en las palmas de cera, en el aroma a tostado, en la magia de Colombia. Y si tenéis la oportunidad, ¡id y vividlo! No os arrepentiréis.

¡Y ahora, si me disculpáis, me voy a preparar un tinto, pero de los buenos! ¡Hasta la próxima, cafeteros! ☕❤️